Se sentaba en el suelo, no pensaba.
Se sentaba en el suelo y simplemente hablaba.
Le hablaba a su amor, a su amigo...
Le preguntaba cosas, cosas que nadie nunca contestaría, son sólo imágenes de lo querido, de lo esperado:
"¿Qué sientes al ser un ser digno de tanta perfección?"
No obtuvo respuesta, pero sin embargo quiso saber más:
"¿Qué sientes al ser admirado, halagado y observado por todos en la calle?"
Tampoco hubo respuesta, pero insistió:
"¿Qué sientes al poder juzgar todo a tu alrededor sin que nadie lo sepa, al poder escuchar todo tipo de conversaciones sin que nadie sospeche que lo haces o lo entiendes, al sentirte cómodo simplemente estando ahí, a los pies de un avión?"
Se queda en silencio y reflexiona, levita.
... Sólo... quiero ser un perro.
... Sólo... quiero ser un perro.
"¿Qué se siente ser un perro?"
"¿Qué se siente SER un perro?"
Se quedó en silencio de repente y se aferró a su mascota, lloraba inconsolablemente y reía, reía de su vida y su desgracia, reía de aquel momento donde su sueño se fue, donde su incansable espíritu se dio por vencido y vendió su amor por un poco de placer...
¿Placer?
Placer...
Hm, qué bien suena.
Al final... ¿Cuál fue su conclusión?
Decidió cambiar, decidió mirar las estrellas sin ambición, decidió soñar un sueño irascible, que trascendiera en lo imposible y en lo incapaz.
Decidió cambiar su firmeza por su ira, por sus ganas incontenibles de llorar.
Decidió mirar por la ventana y mirar más allá, decidió escupir las maldiciones de ese corazón traicionado a su paso.
Decidió buscar un alma perdida en un millón de espejos rotos, buscar sus ojos negros e innertes en medio de la perdición de una vida...
Que al final, decidió que sería suya.
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