El cielo se empieza a desvanecer y yo no lo entiendo.
No entiendo el día ni la hora en que permitimos no volver a vernos.
Vernos se transforma en mis ilusiones plasmadas en un contexto real.
La realidad es tan efímera, tan cínica... como el día en que por primera vez te vi, una tarde, una tarde no muy soleada pero igualmente hermosa, como las flores, como esa flor, esa mirada inocente pero pícara que se clavó en mi mente, como esa mentalidad de niña, ese cuerpo de mujer...
Esa dulzura siniestra, esa facilidad de enamorarme, esa felicidad desbordante, ese amor, esas ganas de temer tus miedos, de probar tus lágrimas, esperarte (de nuevo), esperarte como espero, lograrlo una vez, ¿por qué no cien?
Miles de momentos, resumidos a uno: te extraño.
Miles de sensasiones, resumidas a una: te amo.
Volaré en mis sueños, en silencio, sublime, gritando con toda mi fuerza al viento, buscando entablar conversación con los pájaros o los árboles, no importa si me equivoco otra vez, encontrar paz en la miseria.
En las noches pedirle al cielo, con ojos llorosos, que te cuide, que te reserve como eres, que no te toquen, que no te dañen, que me cedan tus dolores, tus males, tus encuentros fortuitos con la desgracia...
Poder vernos en sueños, poder robarte un beso, recordarte sin palabras, recordarte en secreto, anhelar que sea mañana, anhelar que sea para siempre, buscar esos momentos donde todo es claro, donde todo es raro, donde te quedas en mi mente, me acompañas en la noche mientras duermo y a la mañana siguiente, simplemente desapareces.
Entender tu criterio y construirte un cielo, regalártelo porque es tuyo (mi corazón), me pertenece, tomarte te la mano, caminar por el aire, dejarte volar, dejarte ir.
(Dejar de sentir).
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