Aún no ha sido un mes y sin embargo siento que te escribo de toda la vida, poco menos de un mes y aún sé que tengo miles de cosas por decirte, es solo que no me salen las palabras, es solo que mi pecho salta y quiere un poquito del tuyo a su lado, aunque sea un breve instante, aunque dure un segundo que se quede conmigo para siempre.
A veces, cuando estoy sola y te extraño me hago miles de preguntas, imagino miles de cosas que no puedo diferenciar de la realidad, me recuerdo y veo como no me he arreglado lo suficiente, como no sé lo que esperar, me proyecto y me envideo, me hallo y te encuentro, allí, al final, sentada con el color de tus ojos halándome por el alma, exigiendo mis deseos, mis besos, mis versos, mis coplas, mis canciones.
Me veo obligada a veces [en su mayoría], a callar, a fingir e incluso a dejar de sonreír, detesto esas miradas incriminatorias, llenas de juicios, llenas de señalamiento ante algo que pocos, muy pocos saben de verdad lo que sucede en mi interior, la distancia que recorre milimétricamente mi corazón y lo que en él habita. Pocos se han atrevido a cruzar la línea y cuestionar por qué y cómo estás aquí.
Se sienta delante mío, fría y con su mirada tan inconfundible, su sonrisita, su olor, se funde con ellos, los tuyos, me excita, me daña.
Sentir ese giro abismal, tan preciso sobre mi pecho, sobre mi cuello y peor, en mis pensamientos y sensaciones ha hecho que le encuentre atractiva, sensacional, que me haga dudar.
No debí. No debí.
Te amo, y me sobran las palabras y me sobran los deseos, las acciones y ella cuando aparece, ellos cuando se mezclan. Aquella bebida tóxica, venenosa que me terminó por enamorar, aquél deseo inclemente de que seas el principio y el final de mi vida, de la que ha renacido de entre los muertos, de los latidos huecos, de la sangre que se lamen entre ellos y el amor que brota a cántaros.
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